cómo
ratas
usurparán
el
lugar
del
atinado
dios
Bienvenidos a un mágico viaje a través de mi cocina, donde un buen plato no es sólo una rica coincidencia. Bienvenidos al arte que devela los sentidos y por el cual veo al mundo. Encontrarán ideas que desembocarán, finalmente, en la esencia misma del arte culinario: el hecho de comprender la vida como un gran banquete. A mi me tocó cocinar y trascender los ingredientes. Pasen...la mesa está servida.
viernes, 14 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
sábado, 8 de agosto de 2009
Exilio
A Sopau Malau no le pesaba su nombre, contaba con que tarde o temprano estaría a la altura de sus circunstancias. Lo único que la diferenciaba de Mafalda era que a ella sí le gustaba la sopa. La mayoría de las veces gustaba de estar sola pero se sentía muy a gusto con la gente (con alguna gente).
Cuenta la leyenda que tenía el don de ver más allá de las cosas y que su casa era nada comparada con el verde que la rodeaba. Pinos, laureles, copos de nieve, nogales, cerezos, magnolias, ceibos, araucarias, eso y mucho pasto.
Siempre supo que el jueves era el gran día, lástima que no sabía que la gente cada tanto corrompía las normas. Creía que ser cidadana era amar las luces de neon y de alguna manera estaba en lo cierto. De lugares extraños venían a su boca palabras que sólo mucho tiempo después comprendería lo que significaban: "qué lo épico se manifieste" se encontró escribiendo Sopau y le gustó. Pero lo hizo carne cuando realmente entendió que lo épico debía manifestarse.
Era todo lo optimista que una niña podía ser y siempre conservó ese espíritu.
De su padre aprendió lo necesario, de su madre debía aprenderlo, así fue que Sopau prefirió cantar bajo la lluvia aunque no hubiera tormenta.
Un día con más esperanza que ropa, partió de viaje a su merecido exilio. Sabía de sus orígenes y andando dejó piedritas en el camino para nunca olvidar el camino de regreso.
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