Hubiera puesto una foto de Marcelo Dos Santos para agasajrla, pero tal como ella han desaparecido. No se que fue de él, aunque lo he visto algo entrado en años y por que no, en kilos. A ella la perdí de vista, pero sólo ha sido eso. No les voy a mentir, ya llevo mucho tiempo en esta eternidad y desde los nueve que no la escucho rezongar ni la veo tomar mate dulce.
Tenía un cuerpo de matrona, no recuerdo si era alta, pero si se que tenía pechos de abuela y corpriños cargados con imágenes de santos, no de Marcelo, claro. Se limaba las uñas con las cajas de fósforos y dormía sentada en la cama con los ruleros puestos, para no despeinarse. En el ropero, abajo de una pila de pulóveres, tenía siempre, siempre una bolsa de caramelos masticables. Me compraba religiosamente la revista Billiken y cada tanto, cuando lo permitía su jubilación, una caja de lápices de colores. Eran doce y siempre cortos.
Me hubiera gustado que me viera ahora, me hubiera gustado ser conciente de su presencia. Porque cuando era chica sabía de su presencia y con eso nos bastaba. Me enseñó de brujas y de supersticiones y espero haber elevado a la categoría de perfección su extremismo. Una vez me dijo que no jugara con una aguja de coser porque se me iba a ir por las venas directo al corazón. Así de simple, así de escorpiana.
Era guapa, de vida difícil, al menos así me permití su leyenda. Dicen que se casó cuando ya estaba para vestir santos (otra vez) y que tuvo a su única hija, mi madre a los 37 años. Una adelantada.
Era la primera que me defendía.
Cuando hizo ñoquis de papa resultaron ser tremendos bodoques, y cuando me tejió un pulover marrón, no se que pasó con los puntos, pero las mangas parecían alas. Horrible y de buen augurio.
Ella le dijo a mi mamá algo que me transmitió. Pero claro, son esas cosas, esos códigos de una tradición de mujeres rudas e independientes.
Y el mate cocido con leche. Para todos los que gustaran tomar de él.
a doña Anita
mi abuela
mi abuela