
Esa mañana me despertó una risa, una carcajada demasiado concreta como para formar parte de un sueño, pero mi chico dormía y no vive nadie más en mi casa. Lo único en lo que pensaba era en la cabeza de Sergio flotando en la nada, mirándome desde arriba, como en una película clase B de los años ´30 muda, en blanco y negro. Eso sí constituía residuos de mi estado onírico ¿me entiende oficial? Movía los labios expresando algo denso y me captaba con esos ojos, que podían pertenecerle, pero no tenían su profundidad ni su cadencia, además de mostrar un color impertinente que si no fuera, como ya le dije, por el blanco y negro, serían de un rojo inevitable.
Le miento si le digo que ese día transcurrió como si nada, tenía una sensación impronunciable, hablé con muchas personas por teléfono, hasta con mi psicóloga tratando de encontrar un poco de símbolo a lo que aún no ocurría. Y la cara flotando que no paraba de mirarme.
-Bueno bueno, pero que pasó exactamente? Insistía el oficial.
Me fui al trabajo y las horas comenzaron a ceder. Le mandé un mensajito a Sergio preguntándole si llevaba vino.
-Le contestó?
No, y me sorprendió que no contestara así que me tomé la licencia de llevarlo, tenía miedo que no hubiera suficiente alcohol para relajarme. Y no sabía por que no habían contado conmigo para la organización siendo yo cocinera. Pero como soy un poco susceptible traté de no dar mayor trascendencia a ese detalle. Pasé a buscar a Yesi primero y luego fuimos por Martha que al verla me tranquilizó, será por su semblante.
-Repítame el orden. Pasé por Yesi y luego por Martha (milico, pensé, es obvio que no retenga dos nombres, no dije nada, tampoco soy idiota. En fin).
-Bien entonces? siga dijo el oficial.
Al llegar a la casona que Sergio había alquilado para el evento me pareció tétrica, una versión oscura y roñosa de mi casa en el pueblo, cargada de una energía sutil que disparaba las peores emociones. Se lo dije a mi manera, claro y todos me miraron creyendo que se trataba de mi reniegue habitual, ese que según dicen me va a arrugar joven. Por qué sabe? todos se detienen en las formas y no en el contenido de mis palabras, pero se que eso no tiene sentido en estas instancias no? No quería parecer falsa, pero estaba tensa, angustiada. Necesitando estar en otro lado. ¿ME ENTIENDE LO QUE LE QUIERO DECIR?
-Si, le entiendo, pero no se esmere en detalles superficiales.
"Me parece que Ernestina tenía que hacer algo antes" dijo esa voz de mujer vieja. Justo a mis espaldas, oliéndome. Otra vez la bradicardia, pensé, esperando ver a mi prima. Y creí que ya no, cuando apareció la cara y los labios que se movían como subtitulados. El blanco y negro era cada vez más irritante y daba miedo. No quería dejar a mi auto solo en ese lugar, con árboles extraños y eucaliptos que no se parecían en nada a los que chupaba de chica.
Por suerte empezamos a comer y a divertirnos con las anécdotas que contaba Sergio, aún fascinado con su viaje a Europa, no podía salir de su asombro. Supongo que estará pensando que fue bueno conocer Europa antes de morir.
Y cuando en cualquier otro lugar hubiera sido la hora del café, en ese lugar fue la hora del destino. Sergio hizo la pausa y contó de que se trataba el juego que lo tenía ansioso. Y nos separamos en parejas tal cual tocó en el sorteo que me generó demasiadas dudas. Yo con Evaldo en la habitación matrimonial. Cuarenta y cinco minutos nos separaron de la fatalidad y de la mirada desconfiada de aquellos que compartieron horas de nuestra conciencia. Si no se hubiera cortado la luz, si no hubiera habido velas...
Escribir un cuento de terror con personas que apenas conocía me pareció ridículo y acentuaba mis no latidos.
Llegamos al lugar del encuentro y estábamos todos, al menos por unos segundos. Alguien, no recuerdo quien dijo: Sergio no está.
-Trate de recordar quién lo dijo señorita.
La verdad que no recuerdo, no al menos en este momento.
Estoy segura que todos intuimos algo extraño. Era imposible que él no respetara sus propias reglas. Pero en ese momento los pensamientos no tienen espacio, ni tiempo.
Entonces alguien dijo: Sergio está muerto. De un golpe en la cabeza.
Otra vez un silencio antártico, traté de consolarme y de no dejar que esa cabeza me mirara. No fui enseguida a ver la escena. Estaba segura que se trataba de su sarcasmo escondido. De esa faceta libriana capaz de estimular y subestimar. Pensé que se trataba de su ego pidiendo perdón y destellos. Pensé que quería escucharnos hablar de él, aunque fuera en las peores condiciones.
Hacía meses que lo notaba raro y me parecía que era la frutilla de la torta. No le voy a mentir, esbocé una sonrisa. Me dije: que hijo de puta, mirá de lo que es capaz para convocarnos a él. Como si fuera necesaria semejante perversión.
Y no, que pena. Su inteligencia se vio derrotada por la finitud de sus músculos.
Irónico pensará usted. Ingrato diré yo.
-Yo no pienso nada, no es mi obligación. Continúe.
Estaba en la despensa tirado, muerto de un golpe. No había nadie que pareciera culpable. Pero una mujer me miró. No había furia en sus ojos, sólo un rojo inevitable.
Y ahí, como en un flasbacks de película contemporánea, las imagenes se sucedieron sin darme respiro. La cara, la risa, el blanco y negro, la voz que oía y los ojos de una mujer extraña que me auguraron su decisión y su muerte.
No tuve dudas, Graciela la mujer que acababa de conocer terminó con Sergio, con su crítica y con su desesperación. Fue a quién vi primero, estaba pegada al cuerpo sin vida. Tal vez fingiendo, tal vez no.
Cuando pasé a buscar a Yesi le conté mi sueño.
¿Se lo dije oficial?